lunes, 4 de julio de 2011

La Sonrisa Etrusca... Una Novela de José Luis Sampedro

La sonrisa etrusca es una novela del escritor español José Luis Sampedro, publicada en 1985. La historia se desarrolla en Milán a donde Salvatore Roncone, un viejo cascarrabias, tozudo y extraordinariamente apegado a la tierra calabresa en la que nació, es trasladado por su hijo Renato para ser tratado de un cáncer. En la gran ciudad encara el choque de dos mundos: el de su hijo y esposa quienes, junto a su único hijo, Bruno, de trece meses de edad, forman una típica familia burguesa y urbana, con el suyo en el sur de Italia, mundo de sabores, de olores, de rancias y machistas costumbres y de rencillas familiares. 

El pequeño nieto se llama Bruno, nombre que hace feliz al abuelo pues, aún ignorándolo su propio hijo, era el nombre que recibía Salvatore en la clandestinidad partisana. Se establece así una relación entre el abuelo y el nieto, en quién vuelca su ternura y a quién intenta transmitir su amor por la vida que a él, como consecuencia de la enfermedad, se le va escapando.

El protagonista, es a mi juicio el tipico hombre hecho a las duras y un tanto conservador. No permite que nada de lo moderno lo aleje de su pasado, como si cualquier tiempo pasado fuese mejor, es una persona forjada por la II guerra mundial ya que la vivio en las carnes luchando con sus compañeros partisanos en Roccasera. Por lo tanto se puede deducir que mantiene vivas las tradiciones que le fueron dadas desde joven. Nuestro protagonista es ademas supersticioso, ya que cuelgan de su cuello varios amuletos que acaricia cada vez que quiere que algo salga bien.

Lo que mas asombra de nuestro personaje es la forma que tiene de ignorar su tumor, su “rusca”, que le va remordiendo las entrañas pero sin embargo el hace practicamente caso omiso de ese dolor durante casi toda la duracion de la novela. Creo que esa reaccion se debe a que experimenta muchas cosas nuevas durante su estancia en Milan y por eso se olvida un poco de ese dolor que tiene.

Es una persona tierna y a la vez salvaje, aunque lo que demuestra es que no es indomable, ya que se deja enbaucar por su gran amor Hortensia.

El resto de personajes no tienen casi nada de particular, ya que no se hace mucho hincapie en su forma de ser, es decir, se les adivina por sus dialogos y sus formas de actuar con Salvattore. Hay gran variedad de personajes, y la mayoria son analizados desde el punto de vista de nuestro protagonista, aunque claro su punto de vista es mas bien subjetivo.

Se trata de una novela que posee un cierto aire melancolico y tierno, como toda la obra de este genial escritor.

En Marzo de 2011, Juan Pablo Heras junto con Nacho Castro, José Carlos Plaza y Hector Alterio, hicieron una adaptación teatral de la obra. Esta versión muestra, al igual que en la novela, el último amor de Bruno (Hector Alterio): su nieto (que lleva el mismo nombre, Brunettino, pero que no aparece físicamente en escena ya que como dice Plaza “sería imposible incluir en la obra a un niño de un año”). Al niño no lo vemos, pero eso no resta un ápice a la intensidad de las charlas que su nonno (abuelo) le dirige, mirando a su cuna.

También, por supuesto la obra teatral recoge la última pasión de Bruno por una mujer que conocerá en la ciudad: Hortensia (Julieta Serrano).

Se escenifican también los recuerdos de Bruno (como flashbacks) sus impresiones, sus emociones y sus pensamientos escépticos ante esta nueva vida que choca totalmente con sus costumbres y sus ideas y que Sampedro narra, minuto a minuto con absoluto detalle, en la novela. 

FRAGMENTO DEL LIBRO:
Llega hasta a olvidarse de la Rusca, en su obsesión por hacer hombre a ese niño, a quien no pastorean como es debido. Que no acabe siendo uno de esos milaneses tan inseguros bajo su ostentación, temerosos siempre de no saben qué, y eso es lo peor: miedo de llegar tarde a la oficina, de que les pisen el negocio, de que el vecino se compre un coche mejor, de que la esposa les exija demasiado en la cama o de que el marido falle cuando ella tiene más ganas... El viejo lo percibe a su manera: «Nunca están en su ser; siempre en el aire. Ni machos ni hembras del todo; no llegan a mayores pero ya no son niños -sentencia comparando con sus paisanos-. Allá los hay flojos, sí; pero el que cuaja, cuaja y yo me entiendo».
 
Claro, nadie puede llegar a hombre sin comer cosas de hombre. ¡Esos frascos de farmacia para el niño, puras medicinas, aunque las llamen «ternera» o «pollo»! ¡Esa leche que nunca deja nata! Y así todo... Cuando el viejo le preguntó a Andrea si al niño no le daban alguna vez cocimiento de castañas con aguardiente de moras, que limpia la tripa y cría tanta fuerza, ¡cómo se horrorizó ella! Por una vez se endurecieron sus ojos grises y no acertó a encontrar palabras. «Sin embargo, hasta los chiquillos saben que a un varoncito hay que darle su aguardiente de moras para que no se malogre. Eso sí, del auténtico; nada de farmacia.»
 
«No, Andrea no encontró palabras y eso que nunca le faltan. Al contrario, al niño le atiborra de palabras: siempre en el italiano de la radio, que tampoco es de hombres.»
 
Como aquel maestro joven -recuerda el viejo- destinado a Roccasera cuando murió el bueno de don Piero. Los chicos no le entendían, claro; si bien tampoco les importaban mucho los cuentos sobre viejos reyes o sobre países a donde no se va; pero las cuentas sí conviene saberlas bien, para no ser engañado por el amo o en las ferias. Menos mal que cuando los chicos hacían alguna barbaridad -yen urdirlas descollaba el viejo, cuando en invierno podía ir a la escuela- el nuevo maestro les insultaba hasta en dialecto y entonces sí que le entendían. Porque era de Trizzino, junto a Reggio, aunque lo ocultaba el muy cretino.
 
El niño, claro, con tanta palabrería en ese italiano flojo, se duerme, como ahora.
 
Entonces Andrea, muy satisfecha, se instala en su mesa, se parapeta tras sus libros, enciende su lámpara y escribe, escribe, escribe. Sin gafas porque, como ha averiguado ya el viejo, se pasó a las lentillas.
 
El viejo aprovecha para ir a sentarse junto a la cunita, cavilando. Al rato su hijo entra en el piso y aparece en la alcobita, besa al niño y se retira a su cuarto para vestirse de casa. El viejo le sigue, acuciado por su obsesión, aun cuando evita entrar en ese dormitorio conyugal. Tiene que insistir, convencerles. Su hijo acabará comprendiéndole.
 
Renato, que se está poniendo la bata, se extraña al verle entrar:
-¿Quería usted algo, padre?
-Nada... Pero, fíjate, ahí mismo tenéis sitio de sobra para la cunita. Renato sonríe, entre impaciente y benévolo.
-No es cuestión de sitio, padre. Es por su bien.
-¿De quién?
-Del niño, naturalmente... Ya se lo expliqué el otro día: así se evitan complejos. Cosa psicológica, de la cabeza. No deben tener fijaciones de cariño, ¿comprende? Deben soltarse, ser libres... Es complicado, padre, pero créame: los médicos saben más.
 
Cada palabra provoca en el viejo un rechazo. « ¿Complicado? ¡Si es sencillísimo: basta querer!... ¿Libres? ¡Pero si estos pobres milaneses viven acojonados!... ¿Se sabe más?
¡Vaya un saber, ése de estorbar el cariño a los padres! Pues ¿a quién querer mejor? ¿Será que ahora los padres no quieren ser queridos?»
 
Pese a su exasperación no tiene tiempo de contraatacar. El niño se ha despertado y, además, es la hora de su baño... El baño, ¡jubilosa fiesta diaria!

Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/La_sonrisa_etrusca
http://html.rincondelvago.com/la-sonrisa-etrusca_jose-luis-sampedro.html
http://www.rtve.es/noticias/20110304/sonrisa-etrusca-se-sube-escenarios-jose-carlos-plaza-hector-alterio/413474.shtml
Fragmento Extraido de la Propia Novela.

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