miércoles, 16 de noviembre de 2011

Dexter, el oscuro pasajero (2004) Una Novela de Jeff Lindsay...

Dexter, el oscuro pasajero (Darkly Dreaming Dexter) es una novela escrita por el dramaturgo y novelista estadounidense Jeff Lindsay, publicada en 2004.

Es una novela escrita en primera persona, que se centra en su protagonista principal Dexter, un joven que trabaja para el Departamento de Policía de Miami como forense especializado en sangre. En su tiempo libre, Dexter es un asesino en serie con una regla o código: sólo mata a asesinos que han escapado de la justicia.
 
Dexter tiene una voz interior que le anima a matar, a la que él llama "el oscuro pasajero". Una vez que lo ha hecho "correctamente", la voz queda satisfecha por un tiempo, manteniéndose en silencio hasta que el impulso de matar regresa.
Dexter ha mantenido una doble vida con prudencia durante muchos años, un trabajo, una casa, una novia, pero comete una serie de imprudencias cuando un asesino en serie con un artístico y lúdico estilo que impresiona al protagonista empieza aterrorizar a Miami. El asesino envía mensajes a Dexter, quien considera la serie de crímenes fascinantes y comienza a sentirse atraído para saber con qué ingenio este asesino comete dichos crímenes ya que él piensa que cómo no se le pudo haber ocurrido.

Mientras tanto, su hermana, Deborah, cree que esos asesinatos en serie son su pasaporte a la unidad de homicidios, y pide a Dexter ayuda para ver cumplido su deseo. Nuestro protagonista está ante la disyuntiva de ayudar a su hermana a capturar al asesino y el deseo de admirar el arte y la habilidad del asesino.


Esta novela inicia una saga literaria que sigue las andanzas de Dexter, el cual las otras cinco entregas son: Dearly devoted Dexter (Querido Dexter) (2005), Dexter in the dark (Dexter en la oscuridad) (2007), Dexter by design (Dexter: por decisión propia) (2009), Dexter is delicious (2010), y Double Dexter (2011).

Esta notable novela fue incluida en la lista de nominación original para el Mystery Writers of America cómo Mejor novela inicial, pero fue eliminada al descubrirse que, durante los años 90, escribió varias novelas bajo el seudónimo de Jeffrey P. Lindsay. A pesar de ello, el éxito del personaje fue tal que el canal estadounidense Showtime y el productor James Manos Jr. le dieron una oportunidad televisiva, la serie Dexter, protagonizada por Michael C. Hall que ha cosechado un éxito rotundo.

Michael C. Hall, Jeff Lindsay, y Jennifer Carpenter.  (De Izquierda a Derecha)


Los paralelismos entre esta primera novela y la primera temporada de la serie televisiva son evidentes, pero llega a un punto en que se bifurcan, y cada uno toma caminos distintos. La novela deja en el anonimato la identidad del asesino, y así mantener la tensión y el suspense hasta el final; explota mucho más la relación entre Dexter y el sargento Doakes; además de tener un final distinto al de la serie. Sin duda alguna, es una novela que me gustó muchísimo, bien escrita, que se devora en cuatro sentadas, y que puede servir de complemento perfecto a la estupenda serie televisiva.

FRAGMENTO DEL LIBRO:

Luna. Una luna gloriosa. Llena, gorda y rojiza, que da a la noche la misma luz que si fuera de día, un reflejo que flota sobre la tierra trayendo alegría, alegría, alegría. También trae ese ruido sordo de las noches tropicales: la voz suave y salvaje del viento que te eriza el vello del brazo, el lamento hueco de las estrellas, ese bramido de la luna sobre el agua que te hace rechinar los dientes.
 

Todos responden a la Necesidad. Oh, ese alarido sinfónico de mil voces que se esconden, el grito de la propia Necesidad, la entidad, el observador silencioso, algo que está frío y quieto, que se ríe, el Bailarín de la Luna. Ese yo que no soy yo, eso que se burla y se ríe y llega con la intención de saciar el hambre. Con la Necesidad. Y en esos momentos la Necesidad era muy fuerte, se arrastraba sigilosa y fría y anillada, restallando pensativa, dispuesta, muy fuerte, muy dispuesta ya..., pero seguía esperando y observando, y obligándome a mí a esperar y a observar.
 

Llevaba ya cinco semanas observando al cura, esperándole. La Necesidad me pinchaba, juguetona, animándome a encontrar a otro, al siguiente, a este cura. Desde hacía tres semanas sabía que era él, que él era el próximo: ambos pertenecíamos al grupo de Oscuros Pasajeros, tanto él como yo. Y durante esas tres semanas había estado debatiéndome contra la presión, contra la creciente Necesidad que se erguía en mí como una gran marea que ruge e invade la playa sin retroceder, cobrando fuerza con cada latido del brillante reloj nocturno.
Pero, a la vez, había sido un período de tiempo necesario, un tiempo dedicado a alcanzar la certeza. No por lo que se refiere al cura, no, ya hacía mucho que no albergaba duda alguna sobre él. Tiempo para cerciorarme de que podía hacerse bien: un trabajo limpio, sin cabos sueltos, planificado al detalle. No podía dejar que me atraparan, no ahora. Había invertido demasiado empeño, demasiado tiempo, para hacer que esto funcionara, para proteger mi vida, insignificante y feliz.
 

Y me estaba divirtiendo demasiado para detenerme justo en este momento.
Así que extremaba el cuidado, siempre. Siempre ordenado. Siempre preparado de antemano para que todo saliera bien. Y cuando ya estaba listo, dedicaba un tiempo extra para mayor seguridad. Igual que Harry, Dios le bendiga, ese policía listo y perfecto, mi padre adoptivo. Certeza, cuidado y exactitud eran sus normas, y hacía ya una semana que todo estaba tan previsto que incluso Harry habría quedado satisfecho. Y esta noche, cuando salí de trabajar, supe que había llegado el momento. Esta noche era la Noche. Esta noche era distinta. Esta noche sucedería, tenía que suceder. Al igual que había sucedido antes. Al igual que volvería a suceder, una y otra vez.
 

Y la estrella invitada de la noche de hoy era el cura.
 

Se llamaba padre Donovan. Enseñaba música a los niños del orfanato de Saint Anthony en Homestead, Florida. Los niños le adoraban. Y él adoraba a los niños, claro que sí, los quería con locura. Les había dedicado toda su vida. Había aprendido el criollo y el español. Había estudiado su música. Todo por los niños. Todo lo que hacía era por los niños. Todo.
 

Esta noche le observé como había hecho tantas otras noches. Le vi detenerse en la puerta del orfanato para hablar con una niña negra que le había seguido hasta allí. Era pequeña, no tendría más de ocho años, y era menuda para su edad. Él se sentó en los escalones y habló con ella durante cinco minutos. Ella también se sentó, balanceando las piernas. Se rieron. Ella se inclinó hacia él. Él le acarició el cabello. Una monja apareció en el umbral y los contempló durante un momento antes de hablar. Después sonrió y tendió una mano hacia la niña, que apoyó la cabeza en el pecho del cura. El padre Donovan la abrazó, se incorporó y se despidió con un beso. La monja se rió y dijo algo al padre Donovan. El le contestó.
 

Y entonces se dirigió hacia el coche. Por fin: me agaché para tomar impulso y...
Todavía no. La furgoneta del bedel se detuvo a unos seis metros de la puerta. Cuando pasaba el padre Donovan, la puerta lateral se abrió. Por ella salió un hombre con un cigarrillo en la mano y saludó al cura, que se apoyó en el vehículo y entabló conversación con el recién llegado.
 

Suerte. De nuevo la suerte. Siempre había que contar con ella en estas Noches. No había visto al hombre, no había adivinado que estaba allí. Pero él me habría visto. De no haber sido por la Suerte.
 

Inspiré profundamente. Solté el aire con lentitud y de forma continuada, frío como el hielo. Era sólo un detalle. No había pasado por alto ningún otro. Lo había hecho todo bien, todo igual, todo tal y como tenía que hacerse. Saldría bien.
 

Ya.
 

El padre Donovan caminó hacia su coche. Se giró una vez para decir algo. El bedel le saludó desde la puerta del orfanato y desapareció dentro después de apagar el cigarrillo. Fuera de escena.
Suerte. Más suerte.
 

El padre Donovan buscó las llaves, abrió la puerta del vehículo y entró. Oí cómo metía la llave en el contacto. Oí cómo arrancaba el motor. Y entonces...
 

AHORA.
Me incorporé en el asiento trasero y deslicé el lazo alrededor de su cuello. Un giro rápido, limpio y fácil, y el resistente sedal de pesca estaba tenso y en su sitio. Exhaló un pequeño grito de pánico, nada más.
 

—Ya es mío —dije, y se quedó helado tal y como yo tenía previsto, casi como si oyera aquella otra voz, la del vigilante burlón que habitaba dentro de mí—. Haga exactamente lo que yo le diga.
 

Soltó un suspiro entrecortado y miró por el espejo retrovisor. Mi cara estaba allí, esperándole, cubierta por la máscara de seda blanca que lo ocultaba todo menos los ojos. —¿Comprende? —dije. Al hablar, la seda de la máscara se movía sobre mis labios. El padre Donovan no respondió. Me miró a los ojos. Tiré del lazo. —¿Comprende? —repetí, en voz algo más baja.
Esta vez asintió con la cabeza. Llevó una mano hacia el lazo, sin saber qué sucedería si intentaba aflojarlo. La cara se le estaba poniendo morada.
 

Aflojé la presión.
 

—Sea buen chico —dije— y vivirá más.
Inspiró con fuerza. Oí cómo el aire le rasgaba la garganta. Tosió y volvió a respirar. Pero se mantuvo quieto y no intentó huir.
Perfecto.
 

Nos fuimos. El padre Donovan siguió mis indicaciones, sin trucos ni vacilaciones. Nos dirigimos hacia el sur cruzando Florida City y tomamos la carretera de Card Sound. Podía jurar que aquella carretera le ponía nervioso, pero no puso objeción alguna. No intentó hablar conmigo. Mantuvo ambas manos sobre el volante, pálidas y tan tensas que los nudillos resaltaban. También esto era perfecto...

Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/El_oscuro_pasajero
http://es.wikipedia.org/wiki/Jeff_Lindsay
http://es.wikipedia.org/wiki/Dexter
Fragmento extraido del propio libro.

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