miércoles, 25 de abril de 2012

El Psicoanalista (2002) Una Novela de John Katzenbach...

El Psicoanalista es la novela más exitosa del escritor estadounidense John Katzenbach. Fue publicada por primera vez en 2002, y en 2003 en su edición en español lanzada en España, Chile, Argentina, Colombia, Venezuela, México, Uruguay y Ecuador, donde se mantuvo entre las más vendidas.

John Katzenbach es un reputado escritor, y también ha trabajado como guionista en películas basadas en obras propias. Sus novelas han sido nominadas a dos premios Edgar, por "The Shadow Man", y por "Al calor del verano" adaptado para la pantalla como "Llamada a un reportero (The mean Season)" (1985) dirigida por Phillip Borsos y protagonizada por Kurt Russell y Andy Garcia. Sus libros fueron casi todos un gran éxito, como el bestseller del New York Times "El Viajero (The Traveler)", "Day of Reckoning", "State of Mind", y "Causa Justa (Just Cause)" (1995) dirigida por Arne Glimcher y protagonizada por Sean Connery y Laurence Fishburne. Ha sido reportero de la corte criminal para "The Miami Herald" y el "Miami News" y se caracteriza por sus trabajos en la revista "Herald Tropic". Su trabajo ha aparecido en muchos otros periódicos, incluyendo el "New York Times", el "Washington Post", y "The Philadelphia Inquirer". "La guerra de Hart (Hart's War)" (2002) es otra de sus obras que fue llevada al cine con éxito, dirigida por Gregory Hoblit y protagonizada nada menos que por Bruce Willis y Colin Farrell.
 
La historia se centra en Frederick Starks, un psicoanalista estadounidense con una larga carrera a sus espaldas, que el día de su cumpleaños 53° recibe una carta anónima de un psicópata con el seudónimo de Rumplestiltskin o Sr. R., que conoce su vida rutinaria con gran detalle. El autor de la carta le da un plazo de 15 días al doctor Starks para descubrir su identidad, si no lo hace deberá suicidarse o le destruirá la vida a algún familiar. Lo único que sabe es que la causa de tales amenazas es la venganza por algún daño que en el pasado, el doctor sin saberlo le hizo, y la única oportunidad que el psicópata le ofrece para salvarse de la muerte es descubrir su identidad.

Se trata de una muy buena novela, que te engancha desde el principio, con ese demoledor primer capítulo. La historia pone a prueba la capacidad del protagonista para evitar el suicidio frente a la presión de un desconocido. Este autor destaca por el realismo psicológico de sus personajes y la capacidad de establecer una trama intrigante. Además, cuando parece que el escritor se le están acabando los recursos, le da una genial vuelta de tuerca que lo hace, aun más si cabe, más interesante.

A mi personalmente me gustó muchísimo, me tuvo enganchado hasta el final. No se me hizo para nada pesada, estando escrita de forma correcta, y en primera persona, algo que hace que te metas en la piel del protagonista, haciendote sentir la intriga y el suspense.

FRAGMENTO DEL LIBRO:

Así que cruzó la habitación con brío, con el impulso que genera la expectativa, un poco inquieto ante la idea de que algo urgente se hubiese colado en una vida que con frecuencia temía que se hubiese vuelto demasiado imperturbable y totalmente previsible. Abrió la puerta y observó la sala de espera. Estaba vacía. Eso lo desconcertó un instante, y pensó que a lo mejor había imaginado el sonido del timbre, pero Zimmerman también lo había oído, y él, además, había reconocido el ruido inconfundible de alguien en la sala de espera. 

– ¿Hola? –dijo, aunque era evidente que no había nadie que pudiera oído. Arrugó la frente sorprendido y se ajustó las gafas de montura metálica sobre la nariz. 
– Curioso –afirmó en voz alta. 

Y entonces vio el sobre que alguien había dejado en el asiento de la única silla que había para los pacientes que esperaban. Soltó el aire despacio, sacudió la cabeza y pensó que eso era algo demasiado melodramático, incluso para sus actuales pacientes. Se acercó y recogió el sobre. Tenía su nombre mecanografiado. –Qué extraño –musitó. Dudó antes de abrir la carta, que levantó a la altura de la frente como haría alguien que quisiera demostrar sus poderes mentales en un número de variedades, intentando adivinar cuál de sus pacientes la habría dejado. Pero era un acto inusual. A todos les gustaba expresar quejas sobre sus supuestas deficiencias e incompetencia de forma directa y con frecuencia, lo que, aunque molesto a veces, formaba parte del proceso. Abrió el sobre y extrajo dos hojas mecanografiadas. Leyó sólo la primera línea: Feliz 53.° cumpleaños, doctor. Bienvenido al primer día de su muerte.

Inspiró hondo. El aire cargado del piso parecía mareado, y apoyó la mano contra la pared para no perder el equilibrio. El doctor Frederick Starks, un hombre dedicado profesionalmente a la introspección, vivía solo, perseguido por los recuerdos de otras personas. Se dirigió a su pequeño escritorio de arce, una antigüedad que su esposa le había regalado hacía quince años. Ella había muerto hacía tres años, y cuando se sentó tras la mesa le pareció que todavía podía oír su voz. Extendió las dos hojas de la carta delante de él, en el cartapacio. Pensó que había pasado una década desde la última vez que se había asustado, y en aquella ocasión se había tratado del diagnóstico que el oncólogo hizo a su mujer. Ahora, el renovado sabor seco y ácido en su boca era tan desagradable como la aceleración de su corazón, que sentía desbocado en el pecho. Dedicó unos segundos a intentar sosegar sus rápidos latidos y esperó con paciencia hasta notar que recuperaba su ritmo habitual. Era muy consciente de su soledad en ese momento, y detestó la vulnerabilidad que esa soledad le provocaba. Ricky Starks –no solía dejar que nadie supiera cuánto prefería el sonido afable y amistoso de la abreviación informal al más sonoro Frederick– era un hombre rutinario y ordenado. Su minuciosidad y formalidad rozaban sin duda la obsesión; creía que imponer tanta disciplina a su vida cotidiana era la única forma segura de intentar interpretar el desconcierto y el caos que sus pacientes le acercaban a diario. 
 
No era espectacular físicamente: no llegaba al metro ochenta, con un cuerpo delgado y ascético al que contribuía una caminata diaria a la hora del almuerzo y una negativa férrea a darse el gusto de tomar los dulces y los helados que en secreto le encantaban. Llevaba gafas, algo habitual en un hombre de su edad, aunque se enorgullecía de que su graduación siguiera siendo mínima. También se sentía orgulloso de que el cabello, aunque menos abundante, todavía le cubriese la cabeza como trigo en una pradera. Ya no fumaba, y tomaba sólo un ocasional vaso de vino, alguna que otra noche para conciliar mejor el sueño. Era un hombre acostumbrado a su soledad, y no lo desanimaba comer solo en un restaurante ni ir a un espectáculo de Broadway o al cine sin compañía. Consideraba que tanto su cuerpo como su mente estaban en excelentes condiciones. La mayor parte de los días se sentía mucho más joven de lo que era. Pero no se le escapaba que el año que acababa de empezar era el mismo que su padre no había logrado superar, y a pesar de la falta de lógica de esta observación pensaba que él tampoco sobreviviría a los cincuenta y tres, como si tal cosa fuera injusta o, de algún modo, inadecuada. Sin embargo, en contradicción consigo mismo, mientras contemplaba de nuevo las primeras palabras de la carta, pensó que todavía no estaba preparado para morir. 

Entonces siguió leyendo, despacio, deteniéndose en cada frase, dejando que el terror y la inquietud arraigaran en él. Pertenezco a algún momento de su pasado. Usted arruinó mi vida. Quizá no sepa cómo, por qué o cuándo, pero lo hizo. Llenó todos mis instantes de desastre y tristeza. Arruinó mi vida. Y ahora estoy decidido a arruinar la suya. Ricky Starks inspiró hondo otra vez...

Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/El_psicoanalista
http://es.wikipedia.org/wiki/John_Katzenbach
Fragmento extraido de la propia novela...

2 comentarios:

  1. Los ojos de la portada de ese libro adornan dos libros mas de mi biblioteca... y uno de ellos tb es de John Katzenbach...exactamente el que esta adaptado en Causa Justa... ¿ no hay mas portadas como para no tener que repetir ? que vagos son los señores de las editoriales.

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    1. Si, la verdad es que no se han calentado mucho la cabeza... Todas las novelas que tengo de este escritor tienen la misma portada, esa de los ojos, solo que los cambian de color (marron, verde, etc)...

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