miércoles, 14 de mayo de 2014

Entrevista a Cédric Klapisch, director de "Nueva vida en Nueva York"

El próximo viernes 16 de mayo se estrena en las carteleras españolas la película "Nueva vida en Nueva York" ("Casse-tête chinois" en su título original en francés); dirigida por Cédric Klapisch; y tercera parte de la saga iniciada en 2002 con "Una Casa de locos", seguida de "Las muñecas rusas" (2005), ambas dirigidas por Klapisch sobre los viajes de Xavier. Asimismo cuenta con un reparto coral estupendo, compuesto por Romain Duris (visto en "Los Seductores"), Audrey Tautou (conocida por protagonizar "Amelie"), Cécile De France (vista en el film de Clint Eastwood "Más allá de la vida"), y Kelly Reilly (vista últimamente junto a Denzel Washington en "El Vuelo"), entre otros.

La historia se centra en Xavier, que ya ha llegado a la cuarentena y todavía no ha sentado cabeza. Más bien se le está complicando la vida: tiene dos niños, y sus ansias de viajar le han llevado a Nueva York. Mientras tanto trata de labrarse un lugar como hijo, padre, y hombre; perdido en el bullicioso caos de Chinatown. Separación, familias políticas, padres gays, inmigración, trabajo en negro, globalización: la vida de Xavier es como un rompecabezas chino. Pero aunque adolezca de cohesión y calma, como el propio Nueva York y la época en que vivimos, le proporciona una abundante fuente de material que escribir. 

Su director Cédric Klapisch, nos habla sobre "Nueva vida en Nueva York" a través de una entrevista concedida para A Contracorriente Films...


El realizador francés Cédric Klapisch en el set de rodaje.

Usted habló sobre la posibilidad de un tercer largo de la serie, e incluso avanzó el título: Chinese Puzzle (Nueva vida en Nueva York), en el año en que se distribuyó Las muñecas rusas (Les poupéees russes, 2005). ¿Ya sabía entonces que quería hacer esta película?

Si, así es. Tras realizar Una casa de locos, no tenía planes para una secuela. Pero en aquel momento, mucha gente (actores, productores, distribuidores, e incluso el público que conocí durante algunos debates) me preguntaba siempre si se había planificado una secuela. Me resultaba extraño que siempre estuvieran preguntándome eso. Y entonces, dos años después de Una casa de locos, me sobrevino la idea para la historia de Las muñecas rusas, y me di cuenta de que realmente quería trabajar con los mismos actores nuevamente. También deseaba volver a aquella clase de noción libre de la realización cinematográfica que había logrado en Una casa de locos. Me llevó su tiempo, pero finalmente me di cuenta de que también yo quería ver una segunda entrega. 

Cuando acabamos de rodar Las muñecas rusas en San Petersburgo, creí que estaría bien continuar el proyecto y escribir un tercer capítulo para la historia. Incluso llegué a hablar de titularla Chinese Puzzle (Nueva vida en Nueva York). Pero sabía que tenía que esperar mi momento. Como mínimo tenía que esperar diez años para tener algo interesante que decir en la película. Les quería ver ya maduros, hablar acerca del tiempo pasado, de sus destinos, de las direcciones que sus vidas habían tomado. La idea de la trayectoria seguida era capital para esta trilogía. 

Intuí que el siguiente estadio para los personajes había de ser devenir padres; eso sería algo interesante que explorar. Creí que sería bueno esperar hasta que los actores tuvieran niños ellos mismos, en su vida real, particularmente Romain. Quizá no hubiera realizado esta tercera parte si él no hubiera tenido su propia descendencia.  


Su anhelo de realizar Nueva vida en Nueva York ¿ha interferido alguna vez en las películas que usted iba realizando mientras tanto? 

Nunca. Dado que el lenguaje de esta trilogía es tan especial que nunca ha habido una sola escena que haya escrito para París o Ma part du gâteau que haya considerado que podía funcionar en Nueva vida en Nueva York. Para mí, esta trilogía acerca de los viajes de Xavier es un proyecto del todo independiente. 

¿Cuándo decidió que era el momento para la siguiente película?

Cuando fui a presentar Ma part du gâteau en el Festival de cine de Tribeca, en Nueva York, junto con mi productor, Bruno Levy. Se parecía al momento en que decidí que ya era hora de realizar Las muñecas rusas. Mi deseo de rodar en San Petersburgo me dio ideas para historias, y finalmente para un film. Del mismo modo, fue mi deseo de rodar en Nueva York lo que me motivó para el tercer largo. Le dije a Bruno que cada vez que regresaba a Nueva York me dominaba ese deseo de rodar allí.

Aquella misma noche, fuimos a cenar a Chinatown, y las ideas comenzaron a encajar: Chinese Puzzle (rompecabezas chino), Chinatown, Nueva York... En cierto modo, todo sucedió aquella misma noche. Nueva York es el mayor crisol de culturas de todo el mundo. Todos los continentes se hallan en Nueva York, todas las razas, todas las religiones. Mucho más que en Londres, Shangai o Pequín, que asimismo son ciudades muy cosmopolitas. 

Esos tres largometrajes, que ahora bautizo como “la trilogía de los viajes de Xavier,” narra la historia de cómo las vidas de la gente de esa generación se han visto marcadas por la cultura del viaje. Se puede comprobar eso ahora: los antiguos estudiantes Erasmus se han convertido en “auténticos ciudadanos del mundo”. Esos tres filmes describen una generación de gente que creció en paralelo con la forja de Europa y la noción de globalización. Así que la elección de Nueva York como la capital del mundo de los que migran se ve justificada. Lo que resulta tan inspirador es la idea de Nueva York como núcleo.


Igual que Xavier, usted fue a Nueva York para escribir "Nueva vida en Nueva York". ¿Por qué?

Hay muchas y buenas razones. Actualmente, cuando empiezo a trabajar en una nueva película, sé que la elección del film también implica la elección de un estilo de vida. Durante dos años, este proyecto significó que mi vida diaria  resultaba muy particular. Tras París y Ma part du gâteau, me veía en una situación que me llevaba a necesitar estar en otra parte. Y necesitaba afrontar un nuevo enfoque para realizar una película. Ir a los Estados Unidos era un tipo de reto, un modo de reexaminar cómo hacía las películas. Y necesitaba hacerlo, mucho más de lo que creía porque el modo en que las películas se hacen en los Estados Unidos me hizo sentir como si estuviera haciendo mi primer largo. Allí, me pareció como si estuviera aprendiendo un nuevo oficio.

Así que ir a Nueva York era la suma de todos esos deseos. También era, inconscientemente, un retorno a mis raíces. Igual que Xavier en Una casa de locos, yo fui ese estudiante extranjero en Nueva York; allí  fue donde estudié. Las primeras imágenes que filmé fueron en Nueva York. La primera vez que pensé sobre qué guión escribir, qué historia narrar, fue en Nueva York. Nueva York es la ciudad donde aprendí mi modo de hacer películas. Había una cierta lógica en que regresara adonde todo comenzó e hiciera el tercer capítulo de las aventuras de Xavier. 


¿Fue algo emocional regresar adonde comenzó todo?  

Si, había muchas emociones. Estuve allí entre los 23 y los 25 años, y he regresado veinticinco años después de mis estudios. Tuve que aprender a entender la ciudad de nuevo, porque no había nada del Nueva York de los 80. Entre los shocks emocionales, estaba el hecho de que mi hijo, que tenía cuatro años cuando comencé a escribir Nueva vida en Nueva York, fue a escuela en la misma calle del East Village que yo frecuentaba como estudiante. Su escuela estaba justo al lado del café al que solía ir. Este cortocircuito en el tiempo era realmente extraño. Y todos estos cortocircuitos personales alimentan la película.

Rodé una de las últimas secuencias con Romain Duris y Benoît Jacquot, quien da vida a su padre, inmediatamente después de que el Huracán Sandy golpeara la ciudad. No teníamos permiso de rodaje, pero filmamos de todos modos. Había tenido en la cabeza esa secuencia durante veinticinco años, desde que realicé mi corto In Transit (1986). Todo el mundo se preguntaba por qué quería improvisar una toma en la calle cercana al plató. Pero es que ¡llevaba veinticinco años pensando en ella!
Hay mucho de eso en Nueva vida en Nueva York; es una película llena de referencias personales, y es extrañamente densa, aunque lo que esté narrando no sea exactamente la historia de mi vida. 


¿Se hace difícil escribir un guión para un film con tantas expectativas en torno al mismo?

Si. Añade presión. Escribí la primera versión de Una casa de locos en quince días, y quise escribir Las muñecas rusas de modo parejo, con el mismo espíritu desenfadado y abierto que Una casa de locos. Sabía que la espontaneidad era parte del proyecto, y por fin tuve el guión en unos tres meses. Pero tan pronto como comencé a escribir Nueva vida en Nueva York, tuve el presentimiento de que ni podía ni debía hacer lo mismo. La idea de espontaneidad, inocencia e ingenuidad que habían predominado en los dos primeros filmes ya no funcionaba. Era algo que evitar incluso. Así que me estuve ocho meses escribiendo y reescribiendo el guión.

No hay duda de que la dificultad de escribir la película se vinculaba a las expectativas del público, de las que era muy consciente. Dado que ya era el tercer largo, no me era posible usar otra vez los mismos trucos. Con toda seguridad, debía evitarlos. Paradójicamente, en cierto modo, porque que era  el tercero, tenía que inventar una manera nueva de hacer, un nuevo formato. En un primer estadio, todo cuanto había tenido en mente a lo largo de los ocho años que separaban Las muñecas rusas de Nueva vida en Nueva York, se evidenció inútil. La escritura era muy emocional e imprevista. Los otros dos títulos se crearon de “la nada”, del gusto por hacerlo, de la improvisación y la espontaneidad. Esta película hablaba de trabajo y de oficio, tanto a mí como a los actores.

La película requería experiencia y reflexión, porque la idea que la apuntalaba no era frívola, era densa, se trataba de dar profundidad a la historia. Las primeras películas hablaban de la impulsividad de la juventud. Ésta tenía que vérselas con la noción de madurez.  

A diferencia de Las muñecas rusas, esta película no incluye todos los personajes de Una casa de locos. ¿Abandonó pronto la idea de incluirles?

Si, porque tenía muchas cosas con que lidiar en dos horas. Había nuevos personajes que incluir, particularmente los niños, y como tal, para mi disgusto, tuve que abandonar a algunos de los otros, pese a querer añadir a toda costa cierta noción de familia. De verdad que traté de escribir escenas con William, Anne-Sophie y los otros compañeros de habitación de Una casa de locos, pero, sencillamente, no funcionaba.


Tras ocho meses de escritura, debía tener realmente ganas de comenzar a rodar.

Absolutamente. Quería reunirme con los actores de nuevo, y volver a esa manera de narrar una película. Lo que más me gustaba en cuanto a la idea de realizar un tercer largo estribaba en la increíble libertad narrativa de que disponía gracias al lenguaje de Una casa de locos, con la voz en off de  Xavier. Sabía que disfrutaría poder disponer de ello otra vez. Sentía como si pudiera aportar el 100% de mi mismo en estas películas, toda mi esquizofrenia personal: estudié filosofía, y me encantan los hermanos Marx, así que podía incluir una escena con Hegel, ¡ejecutada en un estilo teatral tradicional! Ese enfoque inconoclasta, y la idea de mezclar géneros me resultaba realmente atractivo. No me pude resistir a hacerlo otra vez, y me excitaba trabajar con el equipo de nuevo, y también rodar en Nueva York. 

Rodar en Nueva York ¿era la intención desde el primer momento? 

Era consciente de ello del mismo modo que con Cada uno busca su gato (1996): había que rodar a un nivel humano, a nivel de calle, y evitar cualquier cosa turística. Es decir, no iba a rodar en Times Square, por ejemplo. También tuve un criterio complejo con respecto al color y al modo de encuadre, que me inspiró el fotógrafo Alex Webb de la Agencia Magnum. Se trata de uno de los grandes del fotoreportaje, un colorista que me proveyó de códigos visuales para el uso del color, la luz, el encuadre, y para expresar el caos mediante una imagen compleja. 

Para mí, Webb es el maestro absoluto del arte de describir la vida como el caos absoluto al tiempo que compone sus imágenes de modos extremadamente sofisticados. Yo quería usar eso visualmente, porque para mí Nueva York es el combate entre el orden y el caos, lo cual se parece extrañamente a la propia vida de Xavier. 

Cuando discutía la estética del film con Natasha Braier, la directora de fotografía de la película, ambos nos inspiramos mucho en eso en lo que atañe al modo en que definimos con precisión los códigos del color para delinear el desarrollo de la narrativa.


¿Cómo fue reunirse de nuevo con Xavier/Romain Duris?

Él y yo estuvimos hablando cerca de una semana en torno a volver a la  cuestión. El primer día, no sincronizamos en absoluto. Romain por lo que se refería a meterse de nuevo bajo la piel de Xavier, y yo en lo que atañía al uso de un enfoque nuevo en forma de equipo técnico americano. Tuve que habituarme a realizar un film con un equipo de más de cien integrantes, a disponer de veinte camiones enormes que rodaban cada día, y a obedecer las draconianas normas del sindicato, que eran completamente nuevas para mí. Aparte de eso, con Romain, Audrey, Cécile y Kelly fue tan maravilloso como siempre. Por supuesto, el hecho de que todos ellos se hayan convertido en estrellas crea un poco de distancia, pero nos conocemos de hace tanto tiempo, que no hay problema. Todos ellos tienen un status distinto ahora, pero está bien sentir que también hay algo más profesional en ellos. Yo solía apreciar el lado instintivo y animal de Romain. Ahora, me gusta su lado más maduro, más profesional. Su actuación resulta mucho más controlada actualmente. Nunca antes le había visto actuar de este modo. Definitivamente, está en su mejor momento. 

"Una casa de locos" influyó verdaderamente en la carrera de Roman Duris, pero también en la de las actrices: Cécile de France logró dos Césares gracias a encarnar a Isabelle, y Audrey Tautou confirmó su potencial como estrella muy poco después con "Amélie". ¿Cómo les dijo a los actores que iba a realizar "Nueva vida en Nueva York"?

Hará unos dos años, cené con Audrey, Cécile y Romain y les dije que creía era el momento de hacer un tercer largo, y les pregunté si estaban dentro. Tenía algunas ideas vagas para el guión, pero no sabía en absoluto qué derroteros iba a tomar. Sin embargo, tenía que saber si estaban conmigo antes de comenzar a escribir. Me confesaron que a menudo hablaban entre ellos sobre la posibilidad de un tercer largo, y siempre se preguntaban unos a otros si tenían alguna noticia al respecto. Estuvieron esperando tanto como yo, así que estaban muy contentos de que Nueva vida en Nueva York fuera a ser una realidad. Audrey estuvo de acuerdo en hacerlo pese a que para ella sólo iban a ser tres días de trabajo. Me dieron carta blanca y estuvieron abiertos a todo cuanto el guión pudiera aportar. Entonces, hablamos de calendarios. Todos tenían muchos proyectos en marcha y estaban muy ocupados. La única posibilidad de arrancar estaba en septiembre de 2012, y por tres meses. Así que tuve que trabajar duro para tenerlo todo a punto. Estábamos a junio de 2011.


¿Fue ésta la primera vez que algo así le ocurrió?

Si, y no fue muy divertido. Pero así fue como pasó. Todos ellos se habían hecho muy célebres, y eso era algo que había que aceptar al hacer una película con los cuatro. Después de todo, hasta hubo suerte de que ninguno de ellos pudiera estar disponible antes: me dio el tiempo que necesitaba para escribir y también fue bien para la financiación de la película, pues eso tampoco fue fácil. 

¿Pese al éxito de sus películas anteriores?

Así es. Bruno y yo decíamos a menudo que era un verdadero rompecabezas  hacer que todo encajara. Era un gran reto en cuanto a la financiación, el guión, el rodaje, y la dirección. Realmente era muy difícil y yo era consciente de que no iba a haber nada de lo espontáneo y natural de los dos primeros filmes. 

¿Y estuvieron rodando cuando el Huracán Sandy golpeó Nueva York?

¡Era cuanto necesitábamos! Me dije a mí mismo que pasara lo que pasara, no perdería los estribos. Y afortunadamente, no los perdí, porque hubo varios momentos en que realmente podría haberme vuelto loco. En situaciones como ésa, hay  que recurrir al Tai Chi. El único modo de mantener la compostura pasa por usar la fuerza de tu enemigo. Pues pase lo que pase, tu enemigo es más fuerte que tú. Así que cambié cosas y volví a un estilo de rodaje más parecido al de Una casa de locos: un camión pequeño con un equipo de diez profesionales, ¡en lugar de los veinte camiones y ciento veinte personas! La semana posterior al Sandy se planearon en Manhattan unos cincuenta rodajes distintos,  pero el nuestro fue el único que tiró adelante. Después de todo, creo que algunas de las más bellas tomas del film son las que rodamos durante el momento mágico tras el huracán.  


¿Qué otros recuerdos duraderos conserva del rodaje? 

Hubo un momento delicado para mí el día en que rodamos la escena final, que podemos bautizar como ‘el desfile’, con la multitud de Nueva York, Romain y los niños. Estaba realmente emocionado, y le dije a alguien que me entrevistaba aquel día: “Es extraño, porque no se trata tan sólo del final de una película, es el final de tres películas.” No había pensado en eso antes, y sólo me di cuenta de ello cuando lo estaba diciendo. Fue muy emotivo y creo que  Romain también sintió lo mismo. La escena estalla de emoción. Nos abrumó. Eso es algo que cada vez más busco en mis películas: ser director de cine, y no simplemente “dirigir”.

¿Es fácil pedir a los actores y a las actrices que encarnen a personajes mayores de lo que son ellos, que estén en la cuarentena? 

Audrey lo puntualizó al decir: “¡Gracias, Cédric! ¡Qué amable eres!” Pero eso es lo sorprendente de esos actores: es gente a la que le encanta actuar. Cécile no es gay, pero le encantó dar vida a alguien que sí lo es. Audrey no está tan politizada como Martine, pero le gustó encarnarla. Saben que son personajes y disfrutan llevándoles a la vida. 

En la película, reconocemos a muchos actores que hemos visto en las series de Estados Unidos. Todos ellos proceden de ese caldo de cultivo de la interpretación con talento que hay en Nueva York. ¿Hizo ello que la elaboración del reparto fuera más fácil? 

En realidad es un problema, porque hay un exceso de talento extraordinario. En Nueva York, ves a veinte actores, y puede que creas que sólo dos no están a la altura. Así que te enfrentas a ese problema de tener que elegir entre dieciocho actores excepcionales. El nivel interpretativo es sorprendente. Es una combinación increíble de espontaneidad y profesionalidad. He de confesar que es un auténtico mazazo ser director y trabajar con actores de ese calibre. 


¿Cómo se llevaron con los actores franceses?

Fue fácil porque Romain, Cécile y Audrey se hallan, cada uno de ellos, en un momento de sus carreras en que dejan a la gente fuera de combate, sean americanos o de donde sea. El equipo técnico también fue increíble. Todos habían oído hablar de Audrey, pero no necesariamente de Cécile or Romain. Cuando vieron lo brillantes que eran sus trabajos, se impresionaron.

"Nueva vida en Nueva York" también tiene los mismos papeles secundarios, como el de padre de Xavier, que encarnaba Jacno en "Una casa de locos", y que aquí ha reemplazado Benoît Jacquot...

Era realmente delicado reemplazar a Jacno, con todo y aparecer sólo en una escena de Una casa de locos. Quería que hubiera una coherencia física, pero  algo más. En Una casa de locos, el padre de Xavier revelaba dos informaciones: que trabajaba en el mundo de las finanzas y, como Jacno, resultaba un tanto rock’n’roll. Eso hacía muy delicado encontrar un sustituto. No sé por qué, pero en Adiós a la reina creo que Benoît tenía un físico que podía funcionar junto a Romain, y creí en él por lo que se refiere al lado finanzas y rock’n’roll de las cosas. Admito que no tenía ni idea de si podía actuar o no; era cierto que apenas había actuado. Pero cierto día, por fin me decidí a llamarlo y le pregunté si haría el papel. Hubo una pausa, y entonces respondió diciendo: “Sólo si tú intervienes en mi próximo film.” Eso me preocupó un poco, porque era como si Benoît sostuviera frente a mí un inquietante espejo viejo. Pero me parecía que era interesante que un director interpretara al padre de Xavier, así que le contesté que sí. Y lo hizo.

Así que usted tendrá que actuar en el próximo film de Benoît Jacquot. 

Bueno, es posible, pero espero que lo haya olvidado.


¿Vio otra vez "Una casa de locos" y "Las muñecas rusas" antes de rodar "Nueva vida en Nueva York"?

Vi "Una casa de locos" mientras escribía el guión. Fue muy útil porque no acostumbro a ver mis películas otra vez. Y ahora, por vez primera, veía una de mis películas como un espectador común. Como tal, tenía una cierta distancia y no la recibí como una especie de álbum de fotos familiares. Comprobé que era más divertida de lo que había pensado y comprendí por qué a la gente le gustaba. Disfruté la frivolidad, creatividad, y efervescencia que ofrecía. Y me di cuenta de que no debería asustarme buscar algo parecido una vez más. Más tarde, como dije, el proceso de escritura no me llevó al mismo lugar, debido a la edad de los personajes. Mientras escribía Nueva vida en Nueva York me di cuenta de que es la historia de un cuarentón. Xavier ya no es ese joven inmaduro e impulsivo que tenía veinticinco años. Ahora es más grave, más responsable y menos desquiciado. Por lo que era interesante ver de nuevo Una casa de locos, sencillamente para evitar eso. Por supuesto, hay ecos y vinculaciones directas, pero sólo para mostrar cómo ha cambiado Xavier. Cuando llega a Nueva York, a la casa de Isabelle, y duerme en el sofá, eso sirve para subrayar que dormir en el sofá de un amigo no es lo mismo a los  veinticinco que a los cuarenta. Eso era lo interesante: ¿Por qué la vida nos lleva a otro lugar? ¿Por qué ese film me llevó a otra parte?

¿Disfrutó tomando algunas escenas de sus filmes pasados y volviendo a ellas?

Iba con pies de plomo para no “rehacer” o “limpiar” nada. Particularmente porque hay muchos ejemplos de secuelas fallidas, y de terceras partes en particular. Eso me asustaba. Me di cuenta de cuan fácil es fallar y de que debía luchar contra el “síndrome de la tercera parte”. 

Sin embargo, donde había referencias deliberadas, como en la escena con la visita a inmigración del final, era consciente de bombearlas o arreglarlas. Sólo que cuanto más trabajaba en ellas, más me daba cuenta de que la escena se crecía en interés y se alejaba de la referencia a Una casa de locos. Después de todo, creo que es más compleja, y de algún modo más profunda. También eso formaba parte del placer de realizar Nueva vida en Nueva York. Cuando ahora miro esa escena, ya no me preocupa haberla copiado. Me inspiré en ella, seguro, pero la he llevado a otro lugar distinto. Eso se aplica a la película entera. No se trata sólo de una secuela, se trata de todo un film nuevo.


Todos estos cambios: el estatus de sus actores, la directora de fotografía, el montador, estar en los Estados Unidos, ¿contribuyeron a que el film rezume frescura? 

Es del todo paradójico, pero es totalmente cierto. Es como si me hubiera encontrado a mí mismo de nuevo emprendiendo un sendero hacia un lugar distinto. Necesitaba eso. Fue algo así como una terapia de electroshock. Necesitaba explorar, aprender a hacer películas de un modo distinto, cambiar mis puntos de referencia. Y debido a ello, la película se convirtió en un proyecto más personal.

¿Cree que estaba constreñido por la imagen que la gente y el público tenía de usted?

Definitivamente. Con la excepción de esos tres filmes, no he cesado de intentar cambiar mi estilo en cada una de las películas que he hecho. Cuando realicé Ni a favor ni en contra (sino todo lo contrario), estaba muy claro. Y lo mismo con Peut-être.

Tengo mis propios deseos, y los exploro hasta el límite. A veces sintonizo con el público, y a veces no. Me gusta lo que Truffaut dijo sobre alternar películas con atractivo de taquilla con otros proyectos más personales. Me parece que es peligroso hacer siempre lo que el público espera. Necesitas explorar tu propia creatividad con las sacudidas y rarezas que ello comporta. Y la mayoría de las veces lo arruinas todo. Truffaut tuvo algunos enormes éxitos con largos que, sobre el papel, no iban destinados al público general, y viceversa. Así que al hacer Nueva vida en Nueva York, hago algo que se espera de mí, y ello me asusta, pero me reconforta el hecho de que la película haya acabado ¡sorprendiendo más de lo que la gente se esperaba!  

La expectación es enorme. Cuando inauguró el Festival de Angulema, 4.000 personas hicieron cola para ver Nueva vida en Nueva York...

¡Es de locos! Fue inaudito. Y era maravilloso porque no era a mí y ni siquiera a los actores a los que querían ver, sino a Xavier, Isabelle y Martine. Hay un tipo de realidad en esta ficción. Si algo he logrado hacer con esos tres largos, es esto: he logrado crear una realidad. Xavier se ha convertido en uno de sus amigos. Esto es enorme, porque hemos entrado en las vidas de estas gentes. A todos nos gusta un buen serial televisivo, se puede comprobar en cómo de populares son actualmente: “¿viste la temporada quinta? No te lo diré porque has de ver lo que le pasa a ¡la muñequita!” Está bien tener la cita con estos personajes. Pero soy cuidadoso al separar las expectativas con respecto a Nueva vida en Nueva York de mí mismo, porque ya no tiene casi nada que ver conmigo. Es algo que pasa entre el público y los actores o, de hecho, los personajes. Ése es el motivo por el que la première en Angulema fue tan emocional, porque vimos cómo la gente tenía ganes de ver qué pasaba a continuación. Tener ese contacto físico con el público es una de las cosas más impresionantes que se pueden experimentar como director. 


Hace unos años, usted dijo que creía que realizaba buenas películas, pero que no sentía haber hecho todavía ninguna grande. ¿Sigue siendo tan crítico con su trabajo, pese a su relación con el público? 

Si, aunque acepto que tengo algo de éxito en mi relación con el público. Pero eso no tiene nada que ver con la realización cinematográfica. Hay gran número de directores, Godard a la cabeza de los ejemplos, que han realizado películas sin tener millones de personas que las hayan visto. No hay relación entre las dos partes. 

No puedo compararme con Woody Allen, Stanley Kubrick, Alfred Hitchcock, François Truffaut, Akira Kurosawa o Martin Scorsese. No consto en la misma categoría. Creo que todavía me queda mucho que aprender y que no he tenido un éxito completo en nada. Hay cosas de las que estoy satisfecho a lo largo de mi carrera y de los once largos que he dirigido; hay algunas escenas bien resueltas aquí y allí, pero todavía no creo que haya hecho un gran film. Lo que no quiere decir que no vaya a pasar ¡uno de estos días!  

Es hora de la pregunta inevitable: ¿Habrá secuela de "Nueva vida en Nueva York"?

No, en principio. Presento la película como la parte final de la trilogía. Creo que sería una equivocación realizar una cuarta entrega, pero es imposible saber dónde estaré dentro de diez años. Quizá me vea obligado. 

Fuentes:
Entrevista extraída del Pressbook; cortesía de ©A Contracorriente Films
Imágenes cortesía de ©A Contracorriente Films
http://www.image.net/  ©Getty Images
http://www.sensacine.com/peliculas/pelicula-193911/fotos/
http://www.filmaffinity.com/es/film260280.html
http://www.elseptimoarte.net/peliculas/un-frances-en-manhattan-8880.html

2 comentarios:

  1. Interesante entrevista; sobre todo la parte en la que habla más detalladamente de su trabajo. Y bueno, tengo ganas de ver a Audrey en otra película. Excelente bloy y entrada. Buenas tardes.

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    1. Hola... Sí es una entrevista muy interesante, al igual que su ya trilogía... A mi me gusta bastante el cine francés, y como no, me encanta la forma de trabajar de Audrey Tatou...

      Me alegro de que te guste la entrada!!!

      Saludos! ;)

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