lunes, 18 de agosto de 2014

Entrevista a Pierre Salvadori, director de "En un patio de París"

El próximo viernes 22 de agosto se estrena en la cartelera española la película "En un patio de París", dirigida por Pierre Salvadori, responsable de estupendas comedias como "Usted Primero" o "Una dulce mentira", y protagonizada por la gran Catherine Deneuve y Gustave Kerven.

"En un patio de París" nos cuenta la historia de Antoine, un músico en la cuarentena de edad, que de repente decide poner fin a su carrera. Después de ir de un lado a otro durante unos días, acaba encontrando un trabajo de portero. Mathilde vive en el viejo edificio de la zona este de París donde trabaja Antoine. Es una prejubilada, generosa e implicada, que divide su tiempo entre los servicios sociales y la comunidad de propietarios.


Una tarde, descubre una preocupante grieta en la pared del salón. Poco a poco, su preocupación se torna pánico: ¿y si el edificio se derrumba? A medida que pasan los días, un sentimiento protector crece dentro de Antoine, que teme ver a Mathilde deslizarse hacia la locura. Entre patinazos e inquietudes, los dos formarán un dúo torpe, divertido y solidario que quizá les ayude a atravesar el mal momento.

Su director Pierre Salvadori nos habla de la película a través de una entrevista, concedida por Bernard Payen para Golem Distribución S.L..

El director francés Pierre Salvadori, en el set de rodaje.
¿Cómo nació la idea de En un patio de París?

Hacía tiempo que daba vueltas a la idea de una película con un personaje al límite, una mujer enloquecida por la preocupación. Literalmente enloquecida. Cada día, Mathilde lee el periódico a un ciego, pero su cansancio y su fragilidad pueden con ella, hasta el punto de que ya no absorbe tantas malas noticias. Me he preguntado a menudo cómo podía uno inmunizarse contra algo así. ¿Cómo se pueden saber tantas cosas y seguir viviendo sin tener una crisis de pánico? Mathilde no lo consigue.

A la hora de construir una película, ¿se basa en un tema o en un personaje?

 Desconfío de los temas, pero nunca de los personajes. Para En en un patio de París empecé con Mathilde y el resto encajó de forma natural. Me basta con familiarizarme con los personajes, que empiecen a gustarme, para que se conviertan en imanes: atraen a la ficción, a los decorados, al tono y a los personajes secundarios. Todo nace a partir del personaje.

En otras palabras, ¿el personaje trae el tema?

Sí. Llegamos a ese pequeño mundo mediante Mathilde. A un microcosmos algo destartalado. A ese patio que, visto a través de una lupa, puede ser un concentrado de la época y, sobre todo, del miedo difuso en el que vivimos. Luego se llega a los personajes secundarios y a las respuestas irrisorias y a veces cómicas que oponen a ese temor. Por ejemplo, Lev, de tan perdido se hace místico y, luego, violento; Maillard es un obseso que está aterrado ante la idea de que un intruso entre y “okupe” el edificio; Colette y su librería esotérica; o Stéphane, que busca el sosiego y el olvido cueste lo que cueste. Mientras escribía el guión, siempre tenía en la cabeza una expresión que suele aparecer cuando se habla de las comedias italianas de los años sesenta: la idea de que pillaban la época con las manos en la masa.


¿Y Antoine?

Antoine es un personaje que aparece en casi todas las películas que ruedo, desde Los aprendices a Una dulce mentira. Es el personaje que se siente tentado por dejarlo todo, que desea una relación menos difícil con el mundo. Intenta conseguir el descanso mediante un opiáceo, una droga que tranquilice. Quiere alejarse del mundo, dormir. Cree poder alejarse de los demás, pero en realidad es incapaz de hacerlo. Es sensible, lleno de empatía. Mathilde le conmueve.

He pensado en sus películas, Usted primero, Una dulce mentira, y en la idea de los personajes que ayudan a los demás. La bondad de sus personajes ocupa un lugar importante en su cine.

Sí, en las comedias que menciona, los personajes se preocupan a menudo por los demás, son compasivos, están llenos de empatía y cargan con el dolor de otro. Pero a veces lo hacen porque se sienten culpables o porque les da miedo estar solos. Son bastante ambiguos y pueden llegar a ser crueles. Aunque ayudan al prójimo, también le traicionan. Su aparente bondad puede requerir algo a cambio. Son comportamientos que me parecen más cercanos a la realidad y que, sobre todo en este tipo de comedia, permiten evitar la cursilería. Sin embargo, en esta película, En un patio de París, el personaje de Antoine es bueno, comprensivo y no tiene segundas intenciones. Nunca juzga a Mathilde. No le queda fuerza para crear un vínculo con los demás a través de la música, y lo hace de otro modo, lo lleva dentro. La bondad, la generosidad y la amabilidad son cualidades que trascienden la existencia y aportan a los personajes una dimensión maravillosa, poética, bastante próxima al brillo. No se interesan únicamente en sí mismos, dan otra idea del mundo. Son personajes que me conmueven tanto en la vida como en el cine.


Mathilde es más ambivalente.

Sí. Contrata a Antoine porque le gusta su cara, confía en él inmediatamente, y al día siguiente, le tira una pera desde el sexto piso. Me gusta el personaje de Mathilde. Ese ir y venir constante entre la amabilidad y el nerviosismo, el pánico y la consciencia. Después de montar un número de primera en la guardería, después de asustar a la madre y a los niños, le dice a Antoine en el andén de la estación: “Dios mío, Antoine, ¿se ha dado cuenta de lo que he hecho? La gente quiere calma y tranquilidad, pero yo les grito como una posesa”. Me gustan esas paradojas, esa mezcla de bondad y de angustia. Sus contradicciones le aportan humanidad y crean momentos cómicos.

En un patio de París quizá sea su película más sombría, ¿ha sido algo involuntario?

Mis personajes siempre han estado un poco dolidos, nerviosos, ansiosos. Creo que cuento historias algo tristes, pero el género cómico disimula y protege. En esta película se nota más. En un patio de París debía ser mucho más oscura. Al principio, la película no contenía un solo elemento cómico. Pero no puedo evitar las ganas de inyectar un toque divertido y vital en lo que hago. Es como si me sintiera obligado a reponerme. Es una dualidad permanente en mis personajes y en mi trabajo.


¿En un patio de París es su película más íntima?

Todos mis personajes siempre están muy próximos a mí, pero quizá se note más en este caso. No están disfrazados, no se esconden. Aquí, ningún asesino a sueldo o ninguna aventurera recorren palacios. A veces, cuando miraba a Gustave Kervern, llegué a pensar que había ido demasiado lejos buscando un parecido conmigo. Antes escogía a Guillaume Depardieu para interpretar a personajes que tenían algo que ver conmigo. Ya sabe, ¡apuesto, rubio, delgado! Creo que ya no tengo la misma imagen de mí mismo.

Hay algo de ineludible en la desaparición de Antoine. Da la sensación de que debe morir para ayudar a Mathilde a vivir.

El pánico acaba por cegar e insensibilizar completamente a Mathilde. Está anestesiada. Debe ocurrir algo tremendo para que reaccione, para que vuelva a este mundo. Solo después de que muera Antoine, es capaz de decir: “He entendido que convertí el mundo en un susurro… He entendido que, a pesar de mi angustia y de mi miedo, tenía que regresar hacia los demás”. Hablé de todo esto con mi coguionista David Colombo-Léonard desde el principio. En el momento en que Antoine abandona la música, renuncia a la vida. Conoce a Mathilde, la ayuda, pero su destino está escrito. La película cuenta cómo desaparece y cómo reacciona Mathilde, cómo su muerte la salvará de la indiferencia. Es la vertiente trágica de la película. Al final de la serie “The Wire/Bajo escucha” hay un diálogo maravilloso que me impresionó; un personaje cita una frase de Kafka: “Puedes sustraerte a los sufrimientos del mundo, eres libre de hacerlo. Pero esa huida quizá sea el único dolor que puedas evitar”. La frase se me quedó grabada, me marcó. Ante el miedo del que hablábamos, me pareció la respuesta adecuada para el final de la película y para mucho más.


Los personajes secundarios aportan toques cómicos, incluso fantásticos, como Maillard, que ladra en el patio en plena noche.

Sí, Lev y Maillard son personajes más exagerados. Efectivamente, aportan un toque cómico, lúdico. El cine tiene mucha fuerza cuando se trata de despertar la capacidad de identificación o de empatía en los espectadores, y por eso creo que se debe tener cuidado suscitando emociones. Es fácil caer en la obscenidad. En cierto modo, me siento obligado a apartarme con más o menos discreción de una forma de verismo o de naturalismo que llega a molestarme mucho en la pantalla.

La película transcurre en un ambiente confinado, a puerta cerrada.

Sí, desde el principio tuve la idea de crear un ambiente cerrado sobre sí mismo. Un poco como un “pop-up”. Los libros infantiles que se despliegan hacia arriba cuando se abre una página. En la ciudad esta el edificio; en el edificio, el patio; en el patio, la portería; en la portería, la maqueta, y en la maqueta, las figuritas a las que quiere unirse Stéphane. También es un dispositivo que favorece una comedia más alocada y visual, como cuando el perro se come la ciudad y Maillard aúlla cual lobo por la ventana.


¿Pensó en Catherine Deneuve y Gustave Kerven desde el principio?

Hacía tiempo que tenía ganas de trabajar con Catherine Deneuve. Escribí el guión para ella. Con el tiempo, algunos actores se convierten en personajes; el público tiene una idea bastante concreta de ellos y es posible jugar con esa imagen. Da la impresión de que se puede contar con Catherine, es valiente, tiene sentido común, sabe vivir. Pensé que si interpretaba a Mathilde sorprendería a todo el mundo porque nadie imagina que pueda volverse loca. Además, para la primera parte de la película pensé en su rapidez, su sentido cómico. “Me gustan las personas inseguras, al menos se esfuerzan”. Estaba convencido de que nadie podría decir esta frase como ella. Es muy estimulante porque permite al guionista ser más literario, pero con ella no se nota. Se puede “arriesgar” con el texto, pero no se oirá, la frase será impecable. Borra todo lo que pueda parecer artificial; es capaz de hacer que el personaje sea totalmente legible sin perder un toque opaco, misterioso.

¿Y Gustave Kervern?

Pensé en Gustave después de terminado el guión. Hicimos unas pruebas, pero creo que ya me había decidido. Le había conocido durante una fiesta, era muy gracioso, besaba a todo el mundo. Enseguida vi que era dulce, paciente, que era el actor ideal para dar vida al personaje. También le había visto en unos sketches de Groland y me había dado cuenta de que tenía un gran sentido cómico, así como una enorme capacidad para fingir extrañeza, incomprensión. Podía ser el perfecto contrapunto cómico a la locura de Mathilde. También es un actor físico, sabe estar en el plano sin decir nada, sin tener nada que hacer. Algunos actores no saben qué hacer con las manos, pasan de un pie a otro. Pero él se limita a estar, tranquilo, imponente. Una estatua. Creo que a eso se le llama “presencia”. En el plató, siempre decía que era mi ancla, que gracias a él la película no se salía de la ruta. Sujetaba la historia con el cuerpo, con la certeza, la emoción.


Háblenos de los otros papeles.

Pio Marmaï es un actor con una energía y una fuerza interior increíbles. Se nota enseguida que dentro de un cuerpo poderoso se esconde una gran fragilidad y dulzura. Por eso consigue ser conmovedor. Más aún, tiene un extraordinario sentido cómico porque no le asusta el ridículo. Nunca estaba seguro de lo que iba a hacer. Es un actor sorprendente, que inspira. Con él, siempre tengo ganas de alargar la escena.
Había visto a Nicolas Bouchaud en un espectáculo teatral suyo titulado “La loi du marcheur”. Es divertido, muy físico y algo inquietante. En sus representaciones puede ser muy cerebral y dos segundos después ponerse a bailar. Es totalmente burlesco. Tiene sentido de la improvisación, le gusta jugar, y eso me obliga a ir un poco más lejos. Se nota que tiene ganas de seguir. Le gusta mucho interpretar y siempre está dispuesto a hacer otra toma mientras sienta que puede sacar algo más del texto. Los actores como él son auténticos aliados para el realizador.

Tardamos en encontrar al marido de Catherine, no era tarea fácil, sobre todo porque ha tenido muchos… Féodor Atkine suele enfocar los papeles de forma diferente de como se hace en Francia. Lo “construye”. En la película, hablando de su marido, Catherine dice: “Ya sabe, es un antiguo estalinista. Tienen por costumbre encerrar al contrario”. A partir de esa frase, Féodor empezó a hacerme preguntas. La broma me obligó trabajar mucho. Pero desde el momento en que tiene el personaje en la cabeza, todo es de lo más sencillo. Es un gran intérprete que se adapta con enorme facilidad. Además, es muy apuesto, me apetecía que el marido de Catherine fuese un hombre apuesto.

Y me gusta mucho trabajar con Michèle Moretti. No le atrae el naturalismo. No le basta con ser exacta, al contrario. A muchos actores les asusta exagerar, pero solo así se arriesgan. Michèle siempre está en la cuerda floja con esa mezcla de locura y de candidez; consigue que todos sus personajes sean interesantes, poéticos y atractivos.

Entrevista realizada por ©Bernard Payen.
Extraída del Pressbook.
Pressbook e imágenes cortesía de ©Golem Distibución S.L.
http://www.image.net/  ©Getty Images
http://www.filmaffinity.com/es/film947556.html

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