lunes, 25 de julio de 2016

Entrevista a Éric Besnard, director de "Pastel de pera con lavanda"

El próximo viernes 29 de julio se estrena en las carteleras españolas "Pastel de pera con lavanda", escrita y dirigida por Éric Besnard, protagonizada por Virginie Efira y Benjamin Lavernhe, y que nos cuenta una historia ambientada en el corazón de la Provenza, en la cual Louise cría sola a sus dos hijos e intenta mantener a flote el negocio familiar. Un día en el que casi atropella a un desconocido, Louise descubre que es un hombre distinto al resto de la gente. La fascinación que siente por él es tal que sospecha que podría cambiar su vida y la de su familia.

Su director Éric Besnard nos comenta los entresijos de su última película, a través de una entrevista proporcionada por Surtsey Films: 


¿Cómo tuvo la idea de este proyecto?

Una película sensorial; partí de esta idea, de olvidar un poco la narración, provocar  un sentimiento. Soy guionista. A menudo para los demás y algunas veces para mis propias películas. Escribo mucho, con distintos propósitos y en distintos géneros, pero siempre con la voluntad de contar una historia, de ser comprendido por aquellos que la ven. Sin embargo, en este caso, quería otra cosa. Algo menos racional. Escribí tras un duelo. Quería trabajar en la detención del tiempo. La permeabilidad emocional.

Resulta que, por motivos familiares, el autismo es un tema que conozco un poco. Mi mujer es psicóloga, por lo que ha trabajado con niños autistas. Ella me contaba anécdotas que me llamaban la atención y me puse a leer sobre el tema. Rápidamente, me pareció que un personaje que padeciera el síndrome de Asperger podría permitirme trabajar en los temas que me interesaban. Un personaje así se encuentra en un estado de hipersensibilidad hacia el mundo. Así debería ser un director de cine. Por lo tanto, si podía reflejar su mirada (o prestarle la mía), podría intentar hacer sentir lo que yo quería transmitir.


¿Escribir el guion fue especialmente complejo?

En primer lugar, me dejé llevar por mi espíritu de guionista. Mientras escribía, comencé a crear una película policíaca. El personaje posee unas características tan excepcionales que exigía de forma natural una intriga complicada. Puede convertirse rápidamente en una especie de súper héroe. Sin embargo, acabé por darme cuenta de que eso no se correspondía con mi proyecto original. Entonces, volví a empezar, construyendo la película con la conciencia de crear un personaje que no evoluciona, es decir, exactamente lo contrario a lo que aconseja el «manual de jóvenes castores» para la creación de guiones. Ninguna curva evolutiva. El personaje es como es. Un bloque. Es la mirada de los demás hacia él la que cambia, en concreto, la de otro personaje con el que podría sentirse identificado el espectador. Por lo tanto, el objetivo se convirtió en hacer evolucionar el punto de vista del espectador sobre el personaje principal. Comprenderle, incluso envidiarle. La diferencia, considerada patológica al principio, se convertiría en una cualidad. Y con un poco de suerte, se transmitiría la permeabilidad del personaje a las maravillas del mundo. Desde el momento en que mi eje para el guion pasó a ser este, era natural optar por una historia de amor.

¿Se documentó en gran medida? 

Leí muchos testimonios y hablé largo y tendido con psicólogos como Chantal Lheureux-Davidse, que, en mi opinión, es una de las personas más apasionantes de las que han trabajado en este campo. No tardé en plantearle las características del personaje tal como yo lo imaginaba, remarcando que, ante todo, quería interesarme por su hipersensibilidad. Le hablé sobre todo de una relación muy fuerte con la naturaleza: quería que mi protagonista fuera un genio matemático, pero que fuera capaz de dejarlo todo para contemplar un rayo de sol durante horas. Porque no hay nada más esencial que eso. Nada más bonito. Las personas que padecen el síndrome de Asperger pueden tener dificultades en sociedad y, por esta razón, desarrollan sistemas de compensación. Sin embargo, poseen algo excepcional: van a lo esencial. Las pequeñas hipocresías del día a día les resultan incomprensibles. Ellos no son hipócritas. No hay juego social. Para ellos, la mentira es imposible, solo supone una pérdida de tiempo.

¿Qué concepción del autismo se forjó usted gracias a la película? 

El espectro del autismo es muy amplio y, para la mayoría de las personas a las que el autismo toca de cerca, va acompañado de sufrimiento. Reclusión en uno mismo. Mi personaje padece el síndrome de Asperger, que es algo diferente. Yo me inclinaría a decir que solo hay casos particulares, pero lo que me parece esencial, es luchar contra la idea de que los autistas son insensibles. Por el contrario, son hipersensibles que crean sistemas de supervivencia para poder soportar la realidad. Esto puede conducirles a encerrarse totalmente en sí mismos. Nosotros solemos acostumbrarnos y ya no vemos la realidad como es, pero hay que reconocer que vivimos en un mundo muy agresivo. Esto también trata de decirlo la película. La sensibilidad no es una tara, y cuanto más desarrollados  están nuestros sentidos, más magnífico… y violento nos parece el mundo.


Se podría decir que la singularidad del protagonista genera relaciones amorosas inusuales.

Sí, lo que me interesaba era tener dos personajes principales que no pudieran tocarse. Y construir una relación amorosa a partir de ahí. En una comedia romántica, la naturaleza del obstáculo es el motor de la historia: clases sociales, razas, religiones… Sidney Poitier cena en casa de sus futuros suegros blancos, Gene Tierney se enamora de un fantasma, Natalie Wood canta su amor a un Jet, un joven hombre lobo ama a una joven vampiro, etc. Con esta película, tenía un obstáculo formidable. 

Podía inscribirme en el género de la comedia romántica aportando mi subjetividad porque la propia esencia del obstáculo generaría su estilo. Esperaba que eso pudiera provocar una erótica diferente. Mezcla de contención y sobresensualidad. No se tocarían, pero se mirarían las manos. Porque él tocaría todo lo demás. Él toca. Él acaricia. Cuando terminé el guion, me vino a la cabeza la película "Starman" de Carpenter, en la que un extraterrestre descubre el mundo y el amor, y sus reacciones son como las de un niño. Justas. Honestas. Mi personaje es honesto, franco, directo. No está interesado en el dinero y nunca miente. Es un extraterrestre…

¿Cómo definió a los personajes principales?

En él, era la hipersensibilidad lo que me interesaba: es un ser permeable al mundo, en el sentido positivo y negativo. Es lo que nosotros deberíamos ser y, sin embargo, no dejamos de protegernos. Eso podía proporcionarme tanto belleza como dolor. Frente a este hombre frágil, necesitaba una mujer fuerte. Rápidamente, me dije que iba a optar por una viuda que hubiera heredado algo que no deseara. Tiene problemas con sus hijos y su ocupación, que no le gusta. Ahora bien, a pesar de su dimensión patológica, este hombre sorprendente va a solucionar sus problemas y, poco a poco, la manera en que ella le ve a él cambia, mientras que él no se mueve un ápice: es la mirada femenina y, por lo tanto, la del espectador, la que evoluciona. Hacía falta que ella fuera como nosotros, que lidiara con la realidad. Elegí su trabajo (arboricultora) porque, puesto que quise hablar de la relación con la naturaleza y la belleza del mundo, me pareció interesante tener un personaje que vive mal la naturaleza, que la padece. Deseaba que ambos tuvieran perspectivas opuestas sobre la naturaleza desde el principio.

La presencia de la naturaleza, y sobre todo de los árboles, es esencial.

Hace algunos años, escribí un guion titulado L’arbre et l’épée (el árbol y la espada) que trataba de la relación entre un hombre y un árbol en el siglo XIII. Esta película sigue siendo mi santo grial. No sé si algún día la rodaré, pero recoge una dimensión seminal. Me interesa mucho la figura del árbol en sus múltiples dimensiones mitológicas. En esta historia, simboliza principalmente las raíces. Me gustaba esta gran escena de arranque. Me parece muy significativa. 

El árbol también permite evocar la situación de los huertos y agricultores. Creo que un arboricultor tiene una dimensión patrimonial. Un árbol frutal esculpe el paisaje, pero están desapareciendo de nuestros campos a causa de la globalización y la rentabilidad. El árbol es salvaje, nutritivo y gráfico. Destruirlo es atacar a la belleza del mundo. 

Fuentes:
Entrevista extraída del Pressbook
Fotografías realizadas por ©David Koskas
Pressbook e imágenes cortesía de ©Surtsey Films

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