viernes, 17 de febrero de 2017

Crítica de "Hasta del último hombre", de Mel Gibson

LA FE MUEVE MONTAÑAS


Mel Gibson es un tipo verdaderamente peculiar, capaz de sacar lo mejor como lo peor de si mismo. Digamos que es un hombre sin complejos y con unas ideologías más bien claras. Su manera de ver las cosas y de actuar le ha acarreado multitud de problemas sociales a lo largo de estos últimos años, por temas que nada tienen que ver con el mundo del cine; pero una cosa está clara, el tipo sabe hacer películas y muy bien, oiga!! Solamente hay que ver su trayectoria como director para dar buena cuenta de ello, a pesar de haber realizado muy pocos largometrajes. Debutó en 1993 con la estimable "El hombre sin rostro" (The Man Without a Face), para luego arrasar dos años después con su obra maestra "Braveheart", obteniendo el reconocimiento de la crítica y el público, además de ser galardonada con cinco premios Oscar, entre los cuales se incluyen el de mejor película y director. 



En la cresta de la ola, y recién entrado el nuevo milenio, vino el punto discordante de su carrera: "La pasión de Cristo" (The Passion of the Christ, 2004). Una película que levantó mucha controversia por su truculencia, una polémica que fue acentuada (aun más si cabe) por las desafortunadas declaraciones antisemitas, echando al traste la buena reputación que había obtenido con su trabajo. Si analizamos detenidamente y en frío la polémica "Pasión", se trata de una película bastante interesante, y por descontado, muy bien filmada. En 2006 realizó la notable "Apocalypto", que al igual que la "Pasión", volvía a filmarla en lenguas nativas (para darle más autenticidad); sin embargo, su temperamento le jugó malas pasadas y a punto estuvo de acabar su carrera. Las idas y venidas, algunas ayudas de grandes amigos (como por ejemplo Jodie Foster que le permitió protagonizar "El Castor" —The Beaver, 2011—) y sus esporádicos papeles en diversas cintas de acción marcaron la tónica de estos últimos 15 años... hasta que llegó Desmond Doss.

Mel Gibson en un lance del rodaje.
La historia de Desmond Doss ha sacado del ostracismo al veterano cineasta australiano, para demostrar (si no había quedado suficientemente claro) que Mel sabe hacer películas y que posee un dominio de la técnica cinematográfica como pocos en la actualidad... y ahora es momento de volver al principio de esta reseña, y recordar aquello que os comentaba de que Mel Gibson es un hombre peculiar, sin complejos y con las ideas bien claras; es decir, que tiene personalidad. Así que no había nadie mejor cualificado para trasladar a la gran pantalla la épica historia de Desmond Doss, un hombre con unas convicciones de acero, que le propiciaron realizar una de las hazañas más impresionantes en el peor escenario posible, la terrorífica batalla de Okinawa (Japón) de la Segunda Guerra Mundial... una gesta que lo convirtió en el primer objetor de conciencia, en la historia estadounidense, en recibir la Medalla de Honor del Congreso.


En la película se pueden apreciar claramente dos partes, una primera más tranquila y de corte clásico y la segunda centrada exclusivamente en el campo de batalla. Con lo que respecta a su primera parte, Mel desarrolla de forma muy inteligente la historia de Desmond Doss, su vida idílica (entre comillas) que tiene junto a su familia y el romance que inicia con una enfermera. En esta parte, podemos destacar la enorme interpretación de Hugo Weaving, que encarna a un atormentado padre de Desmond, destruido por haber combatido en la Primera Guerra Mundial. Aunque en un principio pueda recordar su historia romántica a la vista en "Pearl Harbor" de Michael Bay, no tiene nada que ver la una con la otra, ya que está muy bien narrada, sin sentimentalismos baratos y para nada estereotipados; además, también nos relata muy bien las convicciones del protagonista en la negación a coger y utilizar armas de fuego.


El que Mel nos haya situado en una cinta que rezuma clasicismo tiene su razón de ser, ya que al entrar la segunda parte, ésta cobra una fuerza mayor (aún más si cabe), ya que contrasta a las mil maravillas con el infierno que les espera a nuestro protagonista y su batallón en la colina japonesa. El idílico mundo relatado en su primera parte se desmorona por la violencia sin contemplaciones, ni medias tintas, de la guerra. Mel no escatima y demuestra con mano firme de que pasta está hecho, con una cruenta batalla que le da vuelta y media a la vista en nuestro conocido "Soldado Ryan" de Spielberg. Aquí no hay banderas ondeantes ni discursos sensacionalistas, aquí se narra el horror puro y duro, una inmensa dosis de realidad en el que Mel nos golpea en toda la cara y con la mano abierta. Los inquebrantables principios de Doss cobran más fuerza todavía, y muestran a un joven que, pese a no coger ni un arma no es para nada un cobarde, sino que se erige como el más valiente a ras del campo batallado. Con ello, Mel lo ha conseguido... ofrecernos una película sumamente violenta pero antibelicista y pacifista, valga la paradoja... y de paso, darnos una auténtica lección de buen (o mejor dicho) cine puro.


En definitiva, "Hasta el último hombre" es una película impresionante, posiblemente la mejor del género bélico en lo que llevamos de Siglo XXI, que posee unas interpretaciones sobresalientes, destacando a unos sorprendentes Sam Worthington y Vince Vaughn (quizás su mejor papel hasta la fecha), una hermosa Teresa Palmer y un Andrew Garfield que se consagra como un actor de nivel (tras haber trabajado también con Martin Scorsese).


LO MEJOR: TODO: La ferrea dirección de Mel Gibson; la impresionante factura técnica en la parte de la batalla; el montaje; el trabajazo de los actores (sobretodo un atormentado Hugo Weaving y un Andrew Garfield que se consagra como un actor de nivel); y el contraste entre su primera parte y la segunda, que potencia el infierno de la guerra.

LO PEOR: Nada.

PUNTUACIÓN: ★★

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