lunes, 8 de octubre de 2018

Climax, el triunfal regreso del visceral cineasta Gaspar Noé.

Si odiaste “Solo contra todos”, aborreciste “Irreversible”, detestaste “Enter de Void” y despreciaste “Love”… prueba ahora con “Climax” de Gaspar Noé, abanderado de la 'New French Extremity'... su nueva película que aterriza en las carteleras españolas este viernes 11 de octubre.

Se trata de una cinta que realiza una modesta representación de la alegre y triste realidad, que nos sumerge en plena década de 1990, en la cual veinte jóvenes bailarines de danza urbana se reúnen para unas jornadas de tres días de ensayos en un internado en desuso situado en el corazón de un bosque, para realizar su último baile común y luego hacer una última fiesta de celebración alrededor de una gran fuente de sangría...

A veces hay sucesos que son sintomáticos de una época. Son acontecimientos que estallan, de manera espontánea o no, hasta llegar a manos de las fuerzas de seguridad. Algunos, entonces, pasan a ser información a gran escala. Cobran otra dimensión: se magnifican, se tornan insignificantes, se distorsionan, se asimilan –o no– por quienes los difunden y quienes los reciben. Vidas, gloriosas unas y bochornosas otras, que acaban en los periódicos para caer después en el olvido colectivo. La existencia no es más que una ilusión efímera que todos nos llevamos a la tumba.

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En las biografías que leemos, se enuncia todo y lo contrario. Pasa lo mismo cuando sale a la luz un caso o una noticia. Y los nuevos canales de comunicación que han ido apareciendo en los últimos veinte años han hecho de la objetividad una mera ilusión. Los humanos, como los animales, nacemos, vivimos y morimos sin dejar más rastro que una margarita en mitad de un prado. La alegría y el dolor, los logros y los errores, ocupan una percepción virtual, un presente que no existe más allá de su recuerdo.

En 1996, un millón de noticias llegaron a los titulares. Noticias que se han olvidado hoy, y mañana todavía más. Algunos de los que nacieron aquel año o estaban vivos entonces siguen entre nosotros. Pero de la gran mayoría aquellos cuyo corazón ha dejado de latir, nada queda: son un nombre en un cementerio o en un periódico viejo perdido en las profundidades de un sótano.


1996 fue hace nada. Aún no había móviles ni Internet, pero lo mejor de la música moderna estaba ya ahí. En Francia, Daft Punk había sacado su primer disco, “El odio” (La haine, Mathieu Kassovitz) acababa de estrenarse en cines, y la revista ‘Hara-Kiri’ no se volvió a publicar. La masacre de los adeptos de la ‘Orden del Templo Solar’ fue ocultada por las fuerzas oscuras del estado. Y había quienes soñaban con construir una Europa poderosa y pacífica mientras una guerra barbárica infestaba su interior. Las guerras generan movimientos, la gente cambia, igual que las creencias y las maneras de vivir. Y por eso, aquello a lo que llamamos Dios, estará siempre del lado del arma más letal. Lo que fue será. La coma puede moverse de sitio, pero la esencia de la frase siempre será la misma.

Cuando son intensos, los placeres del presente nos permiten olvidarnos del vasto vacío. Las alegrías, los éxtasis –los constructivos y los destructivos–, actúan como antídoto de la nada. El amor, el arte, la danza, la guerra o el deporte parecen justificar nuestro breve paso por la tierra. Y de estas distracciones, la que más feliz me ha hecho siempre es la danza. Por eso me pareció interesante hacer una película basada en una noticia real y con bailarines que me embelesaran con su talento. Con este proyecto podía, una vez más, representar en la pantalla algunos de mis sueños y pesadillas.


Siempre me han fascinado las situaciones en las que de pronto reinan el caos y la anarquía, como las peleas callejeras, las sesiones chamánicas alteradas con psicotrópicos o las fiestas en las que los invitados se descontrolan colectivamente por el exceso de alcohol. Lo mismo me pasa a la hora de rodar. Mi mayor placer es no llevar nada preparado ni escrito, para permitir, en la medida de lo posible, que las situaciones se desarrollen ante mis ojos, como si fuera un documental. Y cuando surge el caos, soy si cabe más feliz porque sé que generará imágenes potentes, más cercanas a la realidad que al teatro.

Por eso, en lugar de un guion, elegí como base contar una historia impactante y perturbadora. Un cuerpo de bailarines se reúne en un edificio remoto para preparar una actuación. Tras el último ensayo, estalla el caos. Empezar con un esquema de una sola página me permitió captar momentos de verdad y plasmar en imágenes la secuencia de acontecimientos de manera colectiva. Si quieres que un bailarín, sea actor o no, se exprese física y verbalmente de manera caótica, la improvisación es esencial.


En cuanto al baile, exceptuando la primera escena que sí que fue coreografiada, los bailarines tenían libertad para expresarse en su propio idioma, en muchas ocasiones, casi inconscientemente, revelando su desorden interno. En estilos como el vogue, el waacking o el krump, los bailarines demuestran su destreza física con una espontaneidad pasmosa. Esto, con bailarines tan buenos, es una auténtica delicia. Desde el inicio, el concepto había sido hacer una película con los mejores bailarines que pudiésemos encontrar en Francia o que pudieran viajar hasta allí.

Pese a que las drogas tienen relevancia en la historia, en esta ocasión, la idea no era mostrar los estados alterados de conciencia empleando efectos visuales o de sonido, sino al contrario, centrarlo en el punto de vista externo a los personajes. Otra de las normas fue rodar muy deprisa y en secuencias largas, algo que fue posible porque rodamos en un único decorado.

Fuentes:
Texto extraído del Pressbook.
Pressbook e imágenes cortesía de © Avalon.

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Sin ánimo de lucro. Las imágenes publicadas solamente tienen la finalidad de complementar este artículo.

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